Estaba de pie. Soñando. Sus ojos lo delataban. El horizonte parecía tan cercano, que pude ver como acercaba su dedo índice. Al instante el sol se prendió en llamas. El cielo se tiñó de sangre. Asombrado por aquel acontecimiento me estremecí. Cerré los ojos. Cuando los abrí. Veía como ahora tomaba el sol entre sus manos. Lo atrapó. Varias aves cayeron del cielo y junto a ellas el cielo se hacía de una oscuridad impenetrable. El mismo, que era una calavera resplandeciente desapareció ante mis ojos. Yo mismo no podía verme. Quizá me sentía levemente, pero no me veía. Luego un inicio de llanto. Lo pude reconocer. Era el mismo sonido que escuchaba justo cuando una niña que pasaba todas las tardes frente a un columpio oxidado. Yo no comprendía porqué justamente frente a ese artefacto ella lloraba. Lo supe en un sueño, cuando vi a la misma niña sentada en el columpio, meciéndose de lo más contenta. Luego un pajarito cayó a su lado. Lo recogió entre sus manos. Descubrió que agonizaba. El pajarito hacía los últimos intentos de cantar. Ella lo animaba. El intentaba. Y ella tenía mucha más fe al ver la respuesta del ave. El ave de pronto soltó en vuelo. Hizo su último intento. No lo logró. Cayó de nuevo. El llanto invadió mis oídos. Y de ponto la lluvia me cubría por todos lados. Con su sonido inmenso, dejé de escuchar el llanto. Incluso el mío. El se mantenía de pie. Dejando que la lluvia hiciera su trabajo. Fue en ese momento cuando lo supe. El, tenía el poder de controlar el universo. Movía una mano y todo al instante cambiaba drásticamente. Un dios frente a mis narices. Lo sé, porque enseguida me acerqué procurando el contacto. Cuando lo distraje, la lluvia cesó. Entonces un mundo de personas se acercaba hacia nosotros desde nuestras espaldas. No se de dónde apareció tanta gente. Venía gritando no sé que cosa. Y entre tanta confusión me quedé inmóvil. Solo podía ver que traían entre sus manos objetos que se me hicieron muy raros. Cuerdas, rosas rojas, fotografías, un osos gris de de felpa... Alguien se acercaba vestido con una manta blanca, y entre sus manos traía una paloma que resplandecía por la brillantina con que había sido rociada. Muy creativo me dije. Y entonces descubrí que al igual que a este personaje de blanco, otros venían disfrazados. Y fui adivinando por los objetos que utilizaban El de las cámaras era un periodista. Uno que venía sosteniendo un arma a su costado era un policía. Un sacerdote y un pastor que competían por ser el primero en acercarse. Un bombero...
Me dijo que estaba harto, que quería escaparse. Siempre todos, tratando de evitar que utilizara su magia. Le pregunté si podía ayudarle de alguna forma. Yo en realidad no sabía ni lo que había dicho, pero fue mi boca que se abrió repentinamente. Quizá la emoción de aquel momento. Me dijo que sí, que aceptaba mi ayuda. Me paré justo a sus espaldas. La gente venía gritando. Me pidió que lo aventara al vacío. Sin pensarlo lo hice. Al instante aparecimos en otro lugar. A orillas de una abismo. Por suerte no habían personas. Pero yo ya pensaba que en cualquier momento aparecerían. Estando ahí me pidió que estaba con ganas de contarme un cuento. A lo cual accedí. Cuando en su narración hacía un movimiento, entonces sucedía algo inesperado. Por ejemplo, en un instante nos cubrieron desde los cuatro puntos cardinales una bandada de mariposas azules. El sonido del aleteo era reconfortante. Y solamente movió sus labios. Un pequeño soplo las trajo. Cuando la boca se cerró, las mariposas desaparecieron. Apenas y escuchaba el eco de sus alas. Cuando terminó de contar su historia, fuimos descubiertos por un niño, que al instante gritó. Un mundo de gente venía sonando miles de cacerolas. De nuevo, todo se repetía. Nos lanzamos al vacío. Sentí como el viento nos recibía pronunciando nuestros nombres. Fue entonces cuando lo supe. Hasta ese momento no nos habíamos presentado. Dijo su nombre y fue entonces cuando sentí como sus manos huesudas y frías me abrazaban. El abismo se hizo eterno.
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